martes, marzo 30, 2010

Te amo, con todo mi...¿cerebro?

Desde mucho tiempo atrás, la sociedad ha considerado que el amor, junto con sus penas y alegrías, se origina en el corazón. Sin embargo, en nuestros días, se sabe que su origen radica realmente en el cerebro. Conociendo de antemano los complejos procesos neurológicos y bioquímicos que sufre el organismo durante el estado del enamoramiento, no es raro entonces que el amor esté regulado por dicho órgano nervioso. En efecto, cuando nos enamoramos estamos en un estado originado y orquestado por el cerebro, justamente por aquellas regiones cerebrales asociadas a las sensaciones de beneficio y recompensa, las mismas que, quizá irónicamente, se encuentran relacionadas con las adicciones.



Lo que para nosotros es un estado eufórico, de emoción, franca alegría y excitación, para nuestro organismo no es más que un incesante intercambio de sustancias químicas e impulsos eléctricos a través de una vasta red de tejido nervioso, donde participan neurotransmisores como la serotonina y la dopamina. La primera es causante de reacciones fisiológicas tan variadas y bien conocidas por todos: aumento en la frecuencia cardiaca y respiratoria, palpitaciones, sudoración, mariposas en el estomago, rubor, calor, ansiedad. El papel del segundo neurotransmisor no es menos crucial pues permite, para nuestra dicha o amargura, que nos sintamos motivados a enamorarnos. La dopamina genera energía, emoción y euforia; nos hace arriesgados, intrépidos y audaces; nos lleva a experimentar el amor apasionado, aquel que nos impele a hacer cosas que normalmente no haríamos, a decir lo que en boca de otro suena cursi, a  ir contra el mundo y las circunstancias adversas para estar con la persona amada y a cometer una larga serie de imprudencias: llamarle sin importar la hora, salir a caminar juntos a media noche, llegar tarde a casa, faltar a clases o al trabajo, mentir a los padres, ganas de besarle y acariciarle en lo oscuridad del cine, etc. La dopamina es, pues, el artífice de ese dulce estado de embriaguez donde la razón solo existe si se está con el otro.



Sin embargo, llama la atención que el estado de enamoramiento -el que ocurre en el comienzo de una relación- pueda durar solo entre uno y cuatros años, dependiendo de como nuestro organismo responda a la dopamina. Esto no significa que fuera de este periodo, el amor necesariamente llegue a su fin. Conforme la relación se va consolidando, la dopamina es capaz de estimular la producción de una hormona llamada oxitocina, con lo cual se pasa de una pasión desmedida a un estado de amor relajado. De hecho, se cree que en las relaciones que funcionan bien a lo largo del tiempo, los niveles de oxitocina son abundantes en ambos miembros de la pareja. Así las cosas, quizá sería conveniente regalar caramelos con oxitocina en lugar de Kisses y chocolates el día de San Valentín. Contrario a lo que se podría pensar, pasar del amor apasionado a un amor relajado trae consecuencias benéficas para el organismo, pues la euforia derivada del amor apasionado es tan extenuante que si estuviéramos en ese estado por demasiado tiempo, nuestro cerebro podría sufrir algún daño de tipo psicológico. Entonces, si bien la serotonina y la dopamina están implicadas en las emociones románticas y el desenfreno y exaltación del amor recién empezado, la oxitocina y otras hormonas tienen que ver con las ganas de permanecer al lado de una persona, la fidelidad y el apego.
 

El amor es tan complejo y a la vez imprescindible y necesario en la vida del ser humano que no pasa desapercibido incluso al escrutinio y rigor científico, ya sea por que se desea elucidar los procesos neurológicos, bioquímicos y fisiológicos que implica, o por que buscamos sustentar como es que se puede ser inmensamente feliz viviendo en un estado permanente (aunque dinámico) de alelada locura...finalmente, el amor, más que del corazón, es asunto del cerebro.

Esto y más tuve la oportunidad de aprender recientemente al visitar la exposición permanente El Cerebro: nuestro puente con el mundo, la más reciente sala interactiva de Universum, Museo de la Ciencias, en Ciudad Universitaria (UNAM). La exposición es realmente fascinante y el montaje de la sala simplemente impresionante. Sin duda, una visita que bien vale la pena hacer pues no solo nos acerca a una explicación científica de los enredos del amor, sino también a entender porqué las cosas a veces no funcionan ó, todo lo contrario, suceden tan extraordinariamente bien.




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